Me costó trabajo asimilar lo que sucedió, tiempo después de sucedido. No fueron mis mejores tiempos, definitivamente. Estuve muy mal, sí, realmente. Ahora puedo hablar de ello. Son recuerdos oscuros, horribles hasta aquellos días en que apareció, de la nada. Nunca supe su nombre, jamás lo mencionó, pese a mis constantes interrogaciones para otorgarle una identidad de una palabra en mi mente, pero sin efecto. Sigue tan misterioso como siempre. Su recuerdo sigue aquí, como un relámpago de blancura que cae en medio de un bosque negro, habitado por las pesadillas más temibles que el hombre puede tener, que lo llevan al abismo más hondo, al umbral de la locura y la perdición, y finalmente a la autodestrucción. Eso me sucedió a mí.
Tenía catorce años cuando todo esto empezó a tornarse azabache. Mi vida era normal, creo. No tan normal como la de todos al parecer. Bueno, mis compañeros de clase eran un poco… no sé, digamos que normales. Fumaban, bebían y hacían todas esas cosas que yo aún no pretendía hacer. Sentía que estaría demasiado adelantado si empezaba desde ya, prefería que llegara el momento para que los vicios humanos tomaran posesión de mi existir. Tenía una visión un tanto más mística del mundo. Creía en las cosas intangibles, lo ajeno a lo corpóreo y lo más allá del entendimiento. La gente me juzgaba, me podían tratar de loco, de brujo, de supersticioso, o de mentiroso. Nadie entiende esas cosas en realidad, sólo las que están delimitados a ver. La carne domina por sobre la mente, creo yo. Soy creyente, pero no fanático. Puedo rezar parcialmente pero no asistimos mucho a misa. En eso somos normales, como todas las personas que creen en un catolicismo “a su manera”. De todos modos seguimos, confiamos y respetamos las creencias. No hacemos mal a nadie y creo que eso está bien, aunque no seamos precisamente los ciudadanos modelo.
Bueno, como las rarezas se reúnen, tengo un par de amistades que también creen en cosas distintas o tienen pensamientos así. Tampoco viven de fiestas ni se toman la vida como si fuesen adultos de catorce, quizá por esas razones nos llevamos bien, y los demás nos clasifican en un mismo saco: el de los “anormales”. No me interesa en realidad, vivo la vida ignorando lo que opinan quienes no tienen relación ni importancia en ella. En fin, tengo asumida mi situación en cuanto al mundo y el mundo me tiene asignada una situación. Estamos a mano.
Dejando atrás el preámbulo, arribo al tema que centra este relato. Todo empezó cuando uno de mis amigos comenzó a apartarse de nosotros. No pudimos explicarnos la razón, puesto que fue repentino y él tampoco dio alguna. Intenté hablar con él, y nada, se rehusaba a tratar el tema con alguno de nosotros y prefería mantenerse hermético en su mundo. Me preocupé, desde luego. A medida que caminaba hacia mi casa, luego de las clases, con la luna otoñal brillando sobre mi cabeza, pensé. ¿A qué podía deberse el asunto? Era extraño, puesto que solíamos ser cercanos. Le comenté el tema a mi mamá y me respondió que se le pasaría solo, quizá algo le molestó y no quiso hablarlo con nosotros. Le creí, pero seguí con la duda constante revoloteando en mi cerebro como un murciélago aburrido.
Mientras lavaba mis dientes y me miraba al espejo, no pude evitar notar que mi cara reflejaba lo que estaba sintiendo. Me veía como si mi mente empezara a estresarse del tema, y eso que apenas pasaba un día. Me acosté con ese desagradable dolor en el corazón, le di las buenas noches a mi hermano, giré mi cuerpo y miré la luna llena a través de mi ventana. Sentí como mi cuerpo se iba tranquilizando poco a poco. Recé un padrenuestro y me dormí. Ahí comenzó lo extraño.
Soñé. Soñé que estaba caminando por los pasillos del colegio. Todo se veía sombrío, como entrado el crepúsculo, pero sin que las luces estuviesen encendidas. La gente hacía filas en las paredes, y todas me miraban al pasar, pero no tenían rostro. Ello me alertó, y comencé a correr. Al sentir el frío del piso, pude notar que estaba desnudo. Corrí hasta el final del pasillo, el cual se volvió interminable. Al fondo había una puerta, ante la cual estaba parado yo junto a mi otro amigo, el cual me miraba con disgusto, casi repugnancia. Entonces entendí. Yo era mi amigo enojado.
-¡Rápido, entra!- Me dije. Mi otro amigo me miraba con extrañeza, pero no dijo nada.
Obedecí y entré. Era un cuarto totalmente oscuro, donde no podía ni verme las manos. Avancé un poco y caí en lo que parecía ser agua hirviendo. Grité de dolor y desesperación, y en un segundo volví a la realidad.
Estaba nuevamente en mi cama, sentado, sudando frío y jadeando.
-¿Qué te sucede?- Me preguntó mi hermano, entre asustado y molesto por haberlo despertado tan estrepitosamente.
-Nada, nada.- Respondí.
-Fue un grito que despertó hasta los marcianos. ¿Pesadilla?-
-Sí, no te preocupes. Duerme.- Dije finalmente y me volví a acostar.
Mi hermano se durmió casi de inmediato, mas yo no pude. Me di vueltas por un buen rato, tratando de pensar qué había sido eso, pero no pude decidirme por ninguna teoría. Recé para calmarme, y creo que funcionó, ya que a los veinte minutos pude dormir nuevamente, pero no volví a soñar.
Al día siguiente desperté con dificultad. Tenía más sueño de lo normal, como si no hubiese descansado durante las horas que dormí, y me dolía la cabeza. Preferí no decir nada a mi familia para evitar que hicieran que me quedase en casa. Lo único peor a ir es no ir, digo yo. Me abrigué por el frío matutino y me fui a la escuela. Cuando llegué, mi amigo enojado estaba en su pupitre, con los brazos cruzados y la cara escondida, me imagino que durmiendo. Mi otro amigo estaba sentado en la mesa, y me saludó como de costumbre.
-Hola.- Dijo.- ¿Qué hay de nuevo?-
-Dormí horrible.- Le dije. No me atreví a relatarle el sueño, aunque quizá a él le pasó algo también, en el fondo, los tres somos amigos y debería afectarle tanto como a mí, supongo.
-Yo dormí plácidamente, me hacía falta.- Repuso. Con eso al menos me quedaba la certeza de que era yo quien pasaba por estas cosas.
-¿No has vuelto a hablar con él?- Me preguntó, señalando a mi amigo enojado.
-No… No me ha dicho nada.-
-Ya veo… Bueno, es su problema. No le hemos hecho nada.- Dijo sin darle importancia.
Asentí, sabiendo que en el fondo también era nuestro problema. Algo sucedía y yo me estaba quedando en silencio, pese a que tenía la posibilidad de hacer algo. Se suponía que éramos amigos, los tres, y debería importarnos. La indiferencia de mi amigo me desagradó un tanto, pero no podía exigirle nada, no era quién, a mi parecer. De cualquier modo continué como si las cosas fuesen simples y no tuvieran gran relevancia para mí. Las clases fueron tan cotidianas y banales como de costumbre, pero no podía concentrarme en totalidad. Mi mente seguía deambulando por aquél pasillo de gente sin rostro, por aquellas miradas de ojos imaginarios y por la expresión de asco que mi otro amigo me brindaba. Y el agua hirviendo… ¿Qué quería decir en realidad? No tenía idea, pero algo sabía: no fue sólo un sueño. No era cualquier pesadilla, no era algo tan simple como cualquier otra vez que desperté a media noche con un grito, no era como si mi mente me estuviese haciendo una jugarreta. Era real.
Tal como supuse que sería, mi amigo enojado no me dijo nada durante todo el día, ni siquiera me dirigió una mirada, ni a nadie, no habló. Se mantuvo en silencio, alejado de todos y con el ceño fruncido. Me desesperaba verlo. Quería que se parara en cualquier minuto, se me acercara y me dijera cualquier cosa, incluso nada, que me abofeteara si lo deseara, pero que con eso al menos me diera alguna señal de lo que estaba pasando. Pero nada. Era sólo silencio. El silencio más exasperante y nocivo que puede existir.
Me mantuve a lo largo de la jornada bastante desagradado por el tema. No me sentía precisamente bien. El asunto empezaba a entristecerme, lo que es raro, porque soy una persona realmente optimista. Son pocas las cosas que pueden borrar la sonrisa de mi faz, y aún así estaba deprimiéndome. Quizá era ello parte de lo misterioso del tema. Salí de clases finalmente. Eran ya las ocho y media de la noche cuando tomé el autobús de retorno a mi hogar. Iba de pie frente a la ventana, sujetándome de los apoyos colgantes que hay, absorto en las cavilaciones que rondaban el conflicto, cuando el transporte se detuvo en una parada, y con él, se detuvo el tiempo a través de ese cristal. Mis ojos se posicionaron en un individuo de unos dos metros de alto. Rubio como el sol, blanco como la nieve, exuberantemente delgado y con un extraño abrigo blanco. Estaba distante, entre una multitud apresurada por abordar los buses. No se movía. No hacía nada en particular. Sólo estaba allí, detenido, mirándome fijamente con unos profundos ojos que parecían ser de cristal puro, y esbozando algo similar a una sonrisa. Sentí como un escalofrío se propagó por mi cuerpo, y no supe como reaccionar. El autobús siguió su marcha.
Cuando salí del trance, estaba próximo a arribar a mi casa. Aquello había estado por sobre los límites de mi entendimiento. No era como si viese un fantasma o algo. Hay mucha gente rara en el mundo, he visto toda clase de vestimenta estrambótica en las calles de mi ciudad, mas nunca algo similar. Nunca vi antes una mirada como aquella. No sé cómo describirla en realidad. Era algo que me inundaba de un sentimiento más allá de lo humano. Algo diferente. Algo… algo divino.
En mi casa notaron que algo me sucedía, mi papá me lo preguntó mientras comíamos, pero le mentí diciendo que me dolía un poco la cabeza y que iría a dormir temprano. Se preocupó, creyendo que estaba enfermo, pero argumenté que sólo era cansancio por un día extenuante, lo que en el fondo no tenía mucho de falso. Mis dos hermanos se quedaron en el primer piso viendo películas, mientras que yo subí al segundo a lavarme los dientes y acostarme. Las luces estaban apagadas, sólo la del baño donde estaba yo permanecía encendida, y la puerta que daba a las escaleras estaba abierta. No había notificado ninguna de estar circunstancias a medida que me preparaba para el descanso, hasta que, luego de escupir, me miré al espejo, y lo que vi me impactó. Una silueta de adulto, no se si masculina o femenina, negra completamente, con ojos relucientes estaba observándome desde la escalera.
Me escandalicé y me volteé en el acto, para encontrarme con nada. No había nada. Mi corazón latía al máximo en mi garganta, y mis manos temblaban. Salí del baño tan rápido como pude, me dirigí con dificultad a la escalera y miré hacia abajo. Nada. Podía ver la luz del televisor y oía las risas de mis hermanos. Nadie fuera de lo común había estado ahí. Fui a mi cama, preocupado y me acosté. Tenía frío. Comencé a rezar, tenía una sensación rara. Luego de un rato de oración, caí en el umbral de la somnolencia y me dormí.
Nuevamente soñé.
En esta ocasión estaba yo en mi propio cuerpo, según pude comprobar al mirarme las manos. Me encontraba frente a unas escaleras altas. Al mirar hacia arriba pude apreciar una puerta entreabierta, de la cual salía una luz rojiza, como si proviniese de llamas. Subí.
Poco a poco se iba escuchando un diálogo en un idioma que no era capaz de comprender. Eran un hombre y una mujer los que hablaban. Me extrañó aún más la situación. La luz roja y un diálogo exótico. ¿Qué podía acontecer? Continué mi ascenso hasta llegar al frente de la puerta. No me atreví a entrar, así que traté de aproximarme en primera instancia para espiar y ver qué se llevaba a cabo dentro del cuarto.
En el suelo estaba mi amigo enojado llorando, al parecer en una especie de colapso nervioso, histérico, aterrado. Hablaba entrecortado, y en aquella lengua que no entendía. Me preocupé, traté de abrir un poco la puerta para poder ver la totalidad de la escena, y lo que observé entonces me impresionó. Una mujer pálida, vestida con un largo vestido de fiesta negro estaba suspendida en el aire, en medio de un ardiente fuego voraz. En su mano tenía un hacha con un largo mango, elevada sobre la cabeza de mi amigo enojado, próxima a atacar. Mi amigo seguía hablando, hasta que finalmente cesó, bajó la mirada y simplemente lloró. Entonces la mujer elevó más el brazo para proceder a aplicar el hacha en la cabeza de él. No pude evitarlo más, entré precipitadamente y me interpuse en el impacto. Sentí el golpe en mi cráneo y grité, grité, grité.
Nuevamente se repetía el escenario en el que estaba sentado en mi cama, empapado en sudor frío, gritando, con los ojos fuera de órbita en medio de la noche y con mi hermano observándome desde la cama del lado con extrañeza.
-¿Ahora qué?- Me dijo finalmente.
-No lo sé.- Fue lo primero que pude decir.
Me desplomé en mi cama, anonadado. Mi mente sólo repetía “Dios mío. Dios mío”. Un par de lágrimas frías resbalaron desde mis ojos a lo largo de mis mejillas hasta la almohada. Fue todo lo que pude llorar sin perturbar el silencio. Fue una noche fatal.
Llegué al colegio el día siguiente con un rostro impactante. Esta vez fui yo quien se tumbó en su pupitre y escondió la cara entre sus brazos. Mi otro amigo me saludó cuando llegó, pero no hizo comentario alguno sobre mi aspecto. Mi amigo enojado, como era de esperarse, no dijo nada. Levanté la cara justo en el momento en el que ingresaba al aula, para verlo caminar directamente a su lugar y adaptar la misma pose indiferente y con la misma expresión facial. Nada que decir. Esto me llevó aún más al abismo de la amargura. Era oficial, me sentía horrible.
No puse ninguna atención a la clase, incluso cuando un profesor me preguntó algo que sabía no le respondí. No estaba realmente allí. Me encontraba divagando mentalmente en un mundo de dudas y posibilidades. En el receso permanecí en mi sitio, en la misma posición que cuando llegué. Al parecer a nadie le interesó, o nadie notó el cambio en mi actitud. Pensaba en eso cuando una voz se dirigió a mí, haciéndome saltar de impresión instantáneamente. Era mi amigo enojado.
-Tengo que decirte algo.- Me dijo totalmente serio.- Sígueme.
No respondí y me puse de pie. Nos dirigimos al séptimo piso, donde jamás hay nadie, puesto que no hay aulas de clase allí y sólo se usa una vez a la semana el salón de teatro. Luego de meditar un poco, finalmente me miró a la cara con molestia y comenzó a hablar.
-Es muy corto lo que voy a decir…- Empezó a decir.
-Mira, yo quiero…- Empecé a responder.
-No te vuelvas a entrometer.- Terminó de enunciar son severidad.
Sus palabras me dejaron gélido.
-¿Qué?- Dije temblorosamente.
-Sabes perfectamente a lo que me refiero. No te interpongas en lo que a mí refiere. No tienes derecho a hacer nada. ¿Comprendes?-
-Pero… Pero yo…-
-¡Tú nada! Nada, ¿me oyes? ¡Nada! ¡Aléjate! No te incumbe y punto final.-
Dicho esto, dio media vuelta, bajó las escaleras nuevamente y desapareció.
Mi cuerpo entero temblaba. No contuve más el control y caí de rodillas. Ya no lloraba, sollozaba. Lloraba prácticamente a gritos. Entraba en el umbral de la destrucción y el colapso. El caos mental que me había invadido era inmenso. No sólo había recibido un comunicado lleno de frialdad de mi amigo, no sólo había surgido aquel quiebre entre nosotros, sino que un nuevo factor salía a la luz: todo había sido real. Mis sueños eran reales. Él estaba realmente allí, con aquella mujer extraña, y yo recibí realmente aquel impacto. Las cosas salían de los parámetros de lo racional. Se mezcló lo onírico y lo factible en mi cerebro. Pero… ¿Era realmente mi cerebro? ¿Con qué sueño? Podía preguntarle a algún profesor de biología, o incluso de filosofía, pero qué carajo. Eso qué importaba a estas alturas. Estaba en un mundo prácticamente ficticio a la humanidad. Ante mí mismo. Negaba ello hasta antes del surgimiento de esto. Negaba que los sueños pudiesen ser reales; siempre soñaba cosas, desde pequeño, incluso algunas sucedían después, pero esto era diferente a una premonición. ¡Era la realidad!
No fui capaz de entrar a la última clase ese día. Me escapé de la escuela. No me interesaba qué pudiese suceder al respecto, aunque sabía internamente que nada sucedería. Cuando caminaba hacia la calle donde tomo el autobús me encontré con algo que realmente no esperaba. Había olvidado por completo aquello, y ahora se me presentaba directamente ante los ojos. Era el hombre aquél, el del abrigo blanco. Estaba sentado en una banca, con sus ojos nuevamente fijos en los míos. Ante el primer movimiento que hizo, corrí. No pude hacer más. No me atreví. Lloraba a medida que el aire chocaba con mi cara. Tomé el transporte apenas pude.
Lloré todo el camino, en silencio. Ignoré cualquier acontecimiento a mi alrededor hasta llegar a mi domicilio, en el que no hice nada. Mi familia me preguntó nuevamente a qué se debía mi estado y no respondí. Me dirigí a mi cama y lloré sobre mi almohada. Sentía presencias extrañas a mi alrededor, como pájaros revoloteando por los aires de la oscuridad. Sentía una clara entidad vigilándome desde la puerta. No me importaba. No me importaba nada. Estaba ceñido a aquello, sólo aquello y nada más que aquello podía tener lugar en mi mente, como una autodestructiva y maligna obsesión que me torturaba.
Lloré hasta dormirme. Nuevamente caí en ese mundo que me tragaba hacia el suplicio, el tormento, el espanto de ver lo que nadie más, el espanto de sentir ello, de verlo a él, de no entender nada, de sentirme desesperado, impotente, furioso e inmensamente solo. ¿Estaba solo en esto? Sí, lo estaba.
Como era de esperarse, soñé. Estaba esta vez sentado y amordazado, amarrado de pies y manos a una silla de fierro. Era un cuarto oscuro y diminuto. Intenté gritar o resistirme a ello, pero era inútil. Estaba silenciado e impedido. Ante mí apareció, de entre una llamarada, aquella mujer. Me miraba satíricamente, disfrutando mi situación.
-Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?- Dijo. No respondí, obviamente.
-No hay respuesta. Irónico. Tenemos aquí un entrometido.- Continuó diciendo.- Vaya, ¿te parece a ti que recibir los golpes ajenos te vuelve un héroe? ¿Crees que te ganarás el cielo haciéndolo? No seas ridículo, niño. Despierta, no puedes hacer nada por nadie, ni nadie por ti. Estás solo en tu miserable mundo. Solo. ¿Comprendes? Solo. Todos los patéticos humanos como tú lo están, aunque se llamen amigos los unos a los otros, no son más que una tropa de embusteros fingiendo interés. No existen. Resígnate, no hay escapatoria. Te recomiendo lo asimiles desde ya, mocoso, pero tu estúpido amigo me pertenece. Él me regaló su mugrienta alma y he de llevármela a su lugar, las profundidades del infierno, y no hay nada que puedas hacer… nada. No puedes salir a gritarlo porque nadie te va a creer. Él está condenado y nadie lo notará. Todos creerán que fue una muerte biológica, y tú serás un demente más, incluso podrás ser culpado. Te sugiero que tomes la oportunidad de cerrar la boca mientras puedes, porque de lo contrario será tarde para ti también, insecto.-
Desperté.
Era el fin. No quedaba mucho más por lo cual luchar. Esta vez lo sabía. No tenía salida. Él moriría, y no había escapatoria. Yo lo sabía y no podía hacer nada sin ser encerrado en la clasificación de la locura. Estaba acabado. No dormí más esa noche.
Cuando se suponía que iba a la escuela, no lo hice. Seguí de largo por otro camino y me dirigí a uno de los parques de la ciudad. Me era indiferente si me sorprendían o no huyendo de clases. Me era indiferente si me enjuiciaban, encarcelaban, golpeaban, torturaban, condenaran e incluso mataran. Me daba lo mismo todo. Lo que sentía en ese instante superaba cualquier cosa, cualquier sensación humana. Era caótico, era como sentir el universo aplastándome lentamente. Lloré toda la tarde, sentado en un banco cual vagabundo solitario que piensa en la vida que no tiene. Lloré patética y solitariamente. Estaba mal. Lo reconocía.
El tiempo parecía pasar ajeno a mí y mi llanto. Yo sólo permanecía ahí, inmóvil en sollozos, con la cara entre las manos y el alma en el piso. La presión, la opresión, todo aquello me aniquilaba. Cuando alcé la vista era de noche. La luna brillaba lastimeramente en los cielos, y corría un helado viento que arrastraba las cadavéricas hojas otoñales. Era un aire de muerte, de agonía. Un aire que anunciaba lo que estaba por acontecer. Me puse de pie y caminé inertemente.
Mi teléfono celular llevaba un buen rato sonando, pero me importaba nada. Sabía qué debería ser. Familia preguntando dónde estaba, que estaba en serios problemas, que no tenía idea del lío en el que me había metido, y que estaría castigado hasta que mis nietos me sacaran por la fuerza de la casa. Daba igual. Llegué a un puente que comunicaba un cerro del parque con otro, bajo el cual pasaba una concurrida pista de autos. Me detuve a la mitad. Miré hacia abajo, posé mis manos en la baranda y comencé escalarla. Sin saberlo casi, estaba de pie en el borde de un puente a unos diez metros de altura del pavimento transitado por cientos de vehículos.
Cerré los ojos, tomé aire y me dejé llevar por la gravedad hacia delante.
La sensación de una mano tomando mi brazo izquierdo y jalándome con fuerza de regreso a la firmeza me sorprendió. Antes de notarlo, estaba abrazado a aquel escuálido hombre de dos metros de alto y abrigo blanco, sollozando, compartiendo todo mi dolor con él, un perfecto desconocido y un total extraño. Ahí estaba yo. Llorando aferrado a él, y así me mantuve por un rato que no medí.
-¿Te sientes mejor?- Me dijo finalmente. Asentí de cierta forma.
-No estás solo en esto. Créeme.- Volvió a decir. Sus palabras me golpearon como agua fría en la mañana.
-¿Quién eres?- Pregunté. Sonó realmente irónico y ridículo hacer tal interrogante en tal situación.
-Puedo ser muchas cosas.- Contestó.- Pero eso no sirve de nada ahora. Lo que importa realmente es lo que debemos hacer ahora.-
-¿Cómo sabes…? ¿Qué sabes?- Volví a inquirir.
-Ya lo has de entender.- Me respondió.- De prisa, no tenemos mucho tiempo. Debemos salvarlo.-
Yo estaba realmente desvanecido ante todos los acontecimientos. Era realmente una locura. ¿Qué pasaba allí?
El hombre se sentó en el piso, en ese mismo lugar y adoptó una posición de yoga llamada “la postura del loto”, según supe posteriormente. Me pidió que me recostara. Me rehusé inicialmente, pero finalmente no hubo excusa. No tenía camino que seguir. La muerte estaba detenida para mí. Obedecí, me recosté a su lado.
-Escucha, tendrás que hacer exactamente lo que te diga.- Indicó. Asentí.
Empezó por solicitar que le extendiera mi mano derecha, la cual él tomó con su mano izquierda. Llevaba un extraño guante blanco, con una piedra extraña verde incrustada. Luego me pidió que cerrara los ojos y me concentrara en el contacto de mi mano con la suya. Lo hice. Comenzó a orar en voz alta, a gran velocidad y diciendo rezos que yo jamás oí en mi vida. De pronto sentí como tocó con su mano derecha mis dos ojos y me dormí por un par de segundos. Al despertar, mi cuerpo seguía acostado en aquél puente junto al de un extraño hombre de dos metros de alto y abrigo blanco, pero nosotros estábamos de pie.
-¿Qué es esto?- Pregunté asustado. Es normal al ver tu propio cuerpo en el piso.
-Estamos en un estado astral. Es momento de actuar. Ya sé a dónde nos debemos dirigir. Vamos.-
Mi mano seguía aferrada a la suya cuando de su espalda surgieron dos grandes alas blancas. Emprendió el vuelo. Noté que de mi espalda nacía un cordón resplandeciente que se unía a mi cuerpo, el Hilo de Plata. Sobrevolamos los aires a gran velocidad. La ciudad lucía hermosa desde ahí, luces y más luces en la oscuridad, como un mensaje de esperanza para los caídos.
Descendimos en un lugar plenamente desconocido para mí. Entramos sin necesidad de abrir la puerta, debido a nuestra inmaterialidad. Una vez dentro se me hizo más familiar la escena. Había una escalera alta, sobre la cual podía ver una puerta. Era la de mi sueño. Subimos.
-Escucha.- Me dijo el hombre.- Esto no será sencillo. A lo que nos enfrentamos es algo grande, muy grande. Superior a las expectativas que puedas tener.-
-¿Tú sabes qué es lo que vi en mis sueños?- Le pregunté.
-Sí, lo sé. Pero tendrás las respuestas adecuadas en el momento adecuado.-
Nos dirigimos a la puerta y entramos. Mi amigo estaba allí, y la mujer también. Tal como esperaba que fuese.
-Llegáis tarde, caballeros.- Dijo ella en son de burla.
-Déjalo ahora, Disperazione.- Contestó el hombre. Mi amigo estaba en el piso. No vestía más que la ropa interior. En su muslo derecho tenía una cicatriz extraña, un círculo con ciertos símbolos dentro. Parecía haber sido una herida hecha hace poco.
-Este sujeto me pertenece.- Dijo ella.- Fue él quien decidió venderme su alma a cambio de olvidar sus patéticos sentimientos. Qué iluso. Como si eso sirviera de algo.
-¿De qué hablas?- Pregunté yo esta vez. Hasta a mí me sorprendió haber podido formular una pregunta en un momento como aquél.
-Eres realmente un estúpido, humano.- Respondió ella.- Soy Disperazione, el demonio de la desesperación. Tu amigo me invocó para que le permitiese liberar su alma del dolor que sentía, a cambio de su alma, por supuesto.-
-¿De qué dolor hablas? ¿Qué pasó?- Volví a interrogar.
-Una estupidez que ustedes llaman “enamoramiento”.- Dijo con fastidio.- Tu tonto amigo estaba enamorado de uno de sus compañeros de clase, ese otro chico que solía reunirse contigo y él, y ello lo atormentaba y sufría. Qué asco me da. Da igual, no pudo superarlo y ahora su alma es mía. Tratos son tratos.-
-No si puedo evitarlo.- Dijo el hombre.- Estoy aquí para salvarlo y detenerte.-
-Ven acá e inténtalo.- Respondió la demoníaca.
El hombre sacó de esa extraña joya una espada, mientras que los dedos de Disperazione crecieron formando afiladas navajas negras y brillantes. Corrí hasta donde mi amigo estaba y traté de hablarle, pero se veía como en trance. No reaccionaba. La cicatriz comenzó a enrojecer hasta sangrar. Yo gritaba y trataba de reanimarlo, pero era inútil. El hombre y la maligna mujer combatían a gran velocidad entre tanto. Yo estaba desesperado, sentía que no servía para nada y que ahí mi ayuda era nula. No sabía qué propósito tenía mi presencia ahí. Me esmeré en despertar a mi amigo, pero continuó con la mirada perdida. Volteé a mirar qué sucedía, y dos de los dedos de Disperazione tocaron mi cuerpo. Uno en mi frente, otro en mi pecho. Caí al piso y comencé a gritar.
De pronto ya nada de aquello estuvo. Me encontraba nuevamente en aquel pasillo de gente sin rostro. Todos me veían desde la oscuridad de su cara inexistente. Mi desnudez y mi miedo me dominaban. Comencé a correr a lo largo del pasadizo hasta el final, pero sin embargo, éste no aparecía. Había una diferencia en esto con respecto al sueño. Era yo. No era mi amigo. Seguí corriendo por aquel pasillo infinito, rodeado de esas personas y mi angustia se incrementó. Lloraba mientras corría.
-Confía.- Escuché que alguien decía. Sonaba familiar.
A medida que corría, esa voz resonaba en mi mente.
-Ten fe.- Me dijo nuevamente.
-Él.-
Entonces pude verla. La puerta. No había nadie ante ella. Estaba ella sola. No obstante, sabía lo que venía tras de ella y me aterré, pero no había regreso. Me dirigí a la puerta y la abrí. La oscuridad estaba allí, pero corrí, preparado para comenzar a quemarme en el agua hirviendo. Entonces la sentí, en la planta de mis pies.
-No dudes. Sigue. Sigue adelante.- Me dijo la voz.
Corrí. Corrí sobre esa agua hirviendo el dolor fue disminuyendo hasta ya no significar nada. Alcancé la luz al final e ingresé en ella.
Había llegado a un recinto nuevo. Todo era blanco, brillante, reluciente y bello. Abrí bien los ojos y miré hacia arriba. Del Cielo cayó una cruz plateada y se posicionó en mi frente. Tuve en mi mano una joya similar a la del hombre. Entonces volví a la realidad y entendí. Dios me había brindado un Don.
Cuando regresé, la batalla continuaba. Cerré los ojos y lo vi. Vi lo que debía hacer. Abrí mi Alforja, saqué de ella un disco con los Símbolos Sagrados inscritos y los puse sobre la cicatriz en la pierna de mi amigo. Comenzó éste a gritar de dolor, y la cicatriz empezó a desvanecerse en humo.
-¡Ahora!- Me dijo el hombre, y sacó de su pecho un fragmento de esmeralda, para arrojármelo en el acto. Cuando lo recibí, lo puse en la frente de mi amigo, cerré los ojos y comencé a orar. El fragmento empezó a ingresar en él, y toda la maldad escapó. La cicatriz desapareció totalmente, y mi amigo cayó a un lado, sin conocimiento.
Disperazione lanzó un alarido de furia, conjunto a maldiciones y amenazas y se retiró entre llamas, de regreso a su lugar.
El hombre cayó de rodillas. Me apresuré a acercarme a asistirlo, ya que al parecer estaba sintiendo mucho dolor.
-Es hora de volver.- Me dijo, y cuando no supe, estábamos nuevamente en el puente. Amanecía.
Cuando me incorporé, lo vi en el piso vomitando sangre.
-¡¿Qué te sucede?!-
-No es nada.- Respondió. Se puso de pie, retomando su imagen habitual.
Nos miramos. Ambos sabíamos que lo acontecido había sido cualquier cosa menos un sueño irreal.
-Finalmente has despertado como Instrumento.- Dijo.
-Puedo sentirlo.- Respondí.
-Has superado una prueba dificilísima, y me enorgullece mucho ver como pudiste llegar al final con fe y confianza en Dios. Ahora, como uno de sus Instrumentos en el Mundo, has de obrar por el bien y la salvación de la humanidad.-
Mi corazón volvió a su alegría natural. Sonreí nuevamente y lo abracé. Estaba nuevamente feliz.
Luego de aquella vez no lo volví a ver. Después de despedirnos, caminó nuevamente hacia su destino. Sé que se dirige hacia alguien que requiere su presencia. Alguien que al igual que yo debe necesitarlo, y él estará allí.
Doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino. Bendito sea.
Luego de aquello, mis amistades volvieron a la normalidad. Al parecer el dolor de mi amigo se desvaneció junto con la maldad que estaba encerrada en su mente. Creo que no fue más que una trampa que los agentes de Perdición elaboraron para él, para llevar no sólo un alma, sino quizá tres a los avernos.
Hoy ya no nos vemos tan seguido, pero he vuelto a verlo sonreír y vivo feliz con ello. Pese a que nuestros caminos se han separado un tanto, sé que él estará bien. Fue una prueba también para él, y salimos victoriosos.

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