domingo, 29 de marzo de 2009

Séptima.

-¿Por qué tuviste que hacerlo?-
-Para eso existo.-
-¿Qué derecho tienes?-
-El derecho absoluto.-
-¿Qué quieres decir? ¿Quién te crees que eres?-
-No soy nadie más que quien debo ser, quien cumple lo que debe hacer, y lo hice.-
-No es justo, soy yo quien decide lo que hago. No eres nadie para impedirme nada.-
-¿Realmente lo crees?-
-Lo sé. Ni siquiera te conozco. Jamás te había visto e intervienes en mi vida.-
-Es verdad. Jamás me habías visto, mas yo te vi hace mucho.
-¿Cómo?
-Ya entenderás.-

Esa fue la última.

Era el último fragmento de alma que tenía en mi poder, la última misión que tuve que cumplir, literalmente mi último aliento, y la única vez que pude decir ser feliz. Debo decir que quizá me equivoqué, pero qué más da a estas alturas, no hay vuelta atrás. Mi fortuna está dada y no hay más que decir. Me lo busqué, es cierto. Soy un tonto al pensar de esta forma, en que me da nostalgia que sea así, que quisiera ver aquella sonrisa una vez más, en que quisiera volver atrás y gritar que me arrepiento, y aferrarme a lo único que poseo en la vida y seguir. Pero no.
Recuerdo como sucedió. Estaba en medio de una tundra, entre la nieve y el hielo, con una fuerte ventisca azotándome. Árboles muertos ante la tenacidad del frío, animales refugiados en madrigueras, presos del pánico y compartiendo el calor de sus cuerpos unos con otros, alejándose de la muerte que rondaba como tormenta. Fue ahí donde caí. Caí de bruces entre la nieve, con los ojos cerrados. Sentí como mi mente abandonaba la realidad, el trance acontecía y tomaba lugar, poderosamente. Entonces pude sentirlo. Veía como una estrella emergía de un gran valle, se alzaba en los cielos y de ella surgían rayos de luz que impactaban a las personas, iluminándolas. El cielo se volvía blanco, la tierra revivía, la paz reinaba. Era el verdadero inicio.
Supe así que quedaba poco para que llegara el día. Para ello debía cumplir con lo que debía hacer, lo que había jurado y la base sobre la cual me ponía de pie e iniciaba mi rumbo nuevamente. Caminaba cual si mis piernas supieran el lugar exacto donde cada paso debía ponerse, como si el horizonte estuviera marcado y ellas solo obedecieran una instrucción que mi propia razón no determinaba. Era parte del ritual. Sabía que sería así desde que inicié el viaje. La nieve que debía quemarme no me afectaba, cual si mis ropajes me protegiesen de todo. No sentía frío. No sentía hambre ni cansancio. No sentía sed; sin embargo, esta vez sentí. Sentía una extraña (y humana) forma de ansiedad, entre impaciencia y miedo. Era la prueba final.
El camino fue arduo, vi muchos de los estragos que la ventisca provocó en el ambiente. Criaturas que sucumbieron ante el terror del invierno, plantas incineradas por el agua gélida, paradójica muerte esparcida por derredor, mas no me atemorizaba, continué a través de lo que fuese, decidido a concluir con lo que la iniciación me había confiado, entre aquel cementerio de la naturaleza, busqué esa luz que la visión me otorgó. Caminé. La vista de cabañas y hogares de montaña me inspiraban entusiasmo, me hacía pensar que el trayecto concluía, pero debí ignorarlos, prescindir de ellos y seguir encaminándome a lo trascendental.
Cadenas montañosas, tormentas de nieve, estampidas, derrumbes, relámpagos, incendios, lluvias torrenciales, nubes amenazantes, truenos terroríficos, oscuridad, noche, eclipses, quebradas, ríos, troncos, maleza; nada me detuvo. Pude evidenciar el dolor de cualquier persona que llegase a transitar esa travesía a priori. Una búsqueda de lo totalmente absoluto en la plena nada, sin más prueba que una especulación, un sueño. Un sueño al cual sería capaz de confiarle mi alma. Y lo hice.
Una mañana otoñal comencé mi ascenso por una cordillera que aparentaba sostener las nubes como un majestuoso pilar divino. El paisaje se volvía bello. El blanco adornaba la naturaleza como si fuese un vestido de novia, como si se celebrase una fiesta galante, una fiesta convocada por el invierno, una fiesta mortal, pero sagrada. Cuando finalmente llegué al otro lado, la visión de una flor viva, majestuosa y altiva me hizo alegrarme, como un presagio del cielo que me indicaba estar en lo cierto. Alcé la vista y pude regocijarme al ver una aldea pequeña en medio de un diminuto valle. Me dirigí.
Cuando arribé a la entrada del pueblo, aquella fría tarde, pude ver un cartel que anunciaba al visitante el nombre del mismo: “Pueblo de los Niños”. Era un acogedor lugar, casitas elaboradas de madera, pintadas de múltiples colores, con chimeneas humeantes y nieve en los techos. Una avenida principal la recorría de extremo a extremo. Al medio existía una diminuta plaza con una estatua tallada en un tronco, con la figura de la Virgen María y su Niño rodeados de ángeles. Toda una obra de belleza en la disciplina artística. La gente estaba en sus casas a esas horas. No era un frío digno de salir a sentir para las personas normales. Mas a mi me es indiferente.
Empecé a emprender camino a lo largo de la calle principal, observando con atención cada una de las viviendas que estaban puestas a cada lado. No.
Proseguí, sin que ninguna fuese excluida en mi análisis visual. Nada. Caminé más, pasé la plaza y entonces fue cuando me percaté. Miré al cielo y vi una golondrina. Volaba hacia la derecha. La seguí desde el suelo. Me adentré en una calle oscura, con una arboleda a cada lado, todos sin hojas ya. Seguí hasta el fondo, con un paso constante. Mis botas se enterraban en la nieve, y mi abrigo se arrastraba por ella, confundiéndose en blancura.
Al final de la calle me detuve a contemplar una enorme mansión que se imponía ante mí. Las luces estaban apagadas, pese al crepúsculo emergente que estaba apoderándose del cielo. Parecía vacía. No confío en las apariencias.
Una altísima reja impedía el paso a los intrusos. Analicé mis opciones y decidí simplemente cruzarla de un salto, y lo hice. Una vez del otro lado me encaminé a la puerta. Cuando estaba próximo a tocar la manilla, mi mente dio un vuelco y vi la imagen de un reloj de arena cayéndose, haciéndose trizas y sangrando. Era el momento y el tiempo estaba en mi contra. Corrí al jardín trasero. Miré hacia la pared y pude ver un balcón. De un salto estuve en él. Había una puerta corrediza de vidrio. La abrí.
Al ingresar llegué a un cuarto completamente blanco, ordenado, elegante. Pertenecía a una adolescente de unos dieciséis años. Fue ahí cuando la encontré, yacía en el piso inerte, con un frasco de pastillas en la mano derecha. Era una muchacha hermosa. Tenía los cabellos rubios como el oro y la piel blanca, de facciones y contextura finas. Me aproximé a ella con velocidad para verificar sus signos vitales. Estaba viva, pero próxima a morir. Su alma abandonaba su cuerpo. Debía actuar, no había opción.
Me senté a su lado en la postura del loto. Cerré los ojos y oré. Me puse de pie dejando mi cuerpo sentado junto al de la joven. Su alma estaba allí, al igual que la mía. No obstante, no estábamos solos. Un hombre de cabello largo, negro, vestido similar a mí pero en el color azabache la tenía tomada del brazo derecho, mientras que una mujer joven la abrazaba del cuello, también vestida de negro. La chica parecía carente de entendimiento. Al notar mi presencia, ambos sonrieron maléfica y desafiantemente.
-A juzgar por tu apariencia eres uno de esos, ¿no?- Me dijo el sujeto.
-Sí.- Me limité a responder.
-No puedes hacer nada contra nosotros. Estás vencido.- Dijo esta vez la mujer.
-No lo estoy hasta que no me venzan.- Contesté.
-¡Já! Sí que está confiado. La soberbia es un pecado, hijo.-
-Y la fe una virtud.-
-Veamos qué hace tu fe. Encárgate, Disperazione, yo la tomaré mientras te deshaces del hablador.
Dicho esto, la mujer dio un paso adelante y sus dedos crecieron como largas cuchillas negras y brillantes como una obsidiana. Se aproximó a atacarme con ellas, moviéndolas a gran velocidad hacia mí. Me moví en un intento de esquivar sus ataques y retrocedí. Dio ella un salto y propinó una cuchillada desde lo alto. Salté hacia mi izquierda, pero su ataque alcanzó a herir mi hombro derecho. De mi Alforja tomé la Lanza Sagrada y comencé una suerte de contraataque, inútil ante la velocidad que presentaba mi adversaria. Salté hacia atrás y en un rápido movimiento de la Lanza pude golpearla con el cabo en una cadera, lanzándola al piso. Me aproximé a dar el golpe final y escuché un pequeño gemido. Me volví para ver como el hombre cargaba el alma de la muchacha, la cual fruncía el rostro, aún con la mirada perdida. Su Hilo de Plata comenzaba a expandirse. Su captor inició el movimiento. Esta distracción mínima concluyó cuando sentí dos de las garras de Disperazione atravesando mis costillas izquierdas. Caí al suelo.
-Fue demasiado sencillo.- Dijo, poniéndose de pie.- El chico se acabará aquí. No hay razón para terminarlo, su alma se consumirá y se volverá nada en poco tiempo. Vamos, Inmolare. Llevémonos a la chica. Que las potestades terminen de consumirlo.-
Se reunieron en torno a la muchacha, con ojos repletos de maldad. Tocó la mujer su rostro, acariciándolo cual si fuese un trofeo.
Sentía como las fuerzas se iban rápidamente de mí, y la realidad empezaba a perderse. “Dios mío, ayúdame”, pensé. Abrí mi chaqueta y dirigí mi mano izquierda en su interior. Cuando sentí la cadena saliente de mi pecho entre mis dedos, deslicé mi mano hasta su extremo y cogí el último trozo de Esmeralda que me quedaba. Saqué de mi Alforja el Arco Sagrado. La Esmeralda se volvió una flecha. Mientras ellos ignoraban mis movimientos, apunté a la espalda de la demoníaca. Disparé. Un haz de luz surgió desde mi mano, atravesó el cuerpo de Disperazione, el pecho de la chica, y finalmente perforó a Inmolare.
Ambos demonios cayeron al suelo, retorciéndose mientras gritaban con todas sus fuerzas ante el suplicio que les causó la divina flecha. Sin embargo, el alma de la joven se elevó. Me desplomé en el piso y me esforcé en alzar la mirada. De la espalda de la chica surgieron dos grandes alas blancas, resplandecientes como el lucero mismo. Abrió los ojos. Había despertado. Ante tal visión, los demonios se desvanecieron entre clamados de dolor.
-¿Quién eres tú?- Me dijo la chica, desde lo alto.
-No tiene importancia.- Respondí.- Ya es tarde para mí.-
Entonces movió sus alas, lo que ocasionó que cientos de plumas plateadas y brillantes salieran y se ubicaran en mis heridas, restaurándolas. Sentí que la vida regresaba a mí y me arrodillé.
-Dime ahora quién eres.- Volvió a inquirir.
-Soy un enviado.- Repuse.
-¿Enviado por quién?- Preguntó nuevamente.
-Por aquél que todo lo designa, todo lo envía.- Contesté.
-¿Por qué tuviste que hacerlo?-
-Para eso existo.-
-¿Qué derecho tienes?-
-El derecho absoluto.-
-¿Qué quieres decir? ¿Quién te crees que eres?-
-No soy nadie más que quien debo ser, quien cumple lo que debe hacer, y lo hice.-
-No es justo, soy yo quien decide lo que hago. No eres nadie para impedirme nada.-
-¿Realmente lo crees?-
-Lo sé. Ni siquiera te conozco. Jamás te había visto e intervienes en mi vida.-
-Es verdad. Jamás me habías visto, mas yo te vi hace mucho.
-¿Cómo?
-Ya entenderás.-
-Exijo que me expliques, ahora.-
Sus ojos verdes brillaban como diamantes. No había posibilidad de negarme a nada de lo que me solicitase. Estaba ante mi superior, a quien había buscado.
-Estoy esperando.- Insistió.
-Mírate, estás ahí, en el suelo.- Le dije. Miró ella su cuerpo y se sobresaltó.
-¿Qué es esto?-
-Estamos en un estado astral, nuestras almas han salido de nuestros cuerpos, lo que nos ha dado la posibilidad de ver más allá de lo que los ojos carnales pueden ver. Los demonios estaban llevándose tu alma. Son ellos los causantes de tu dolor.
-¿Qué sabes tú de mi dolor?- Reclamó ella con molestia en su voz. Las palabras me brotaron solas.
-Sé lo que estás sintiendo. Sé el origen de tu angustia. Has sido confinada por la soledad y la discriminación. Fuiste encerrada y prácticamente torturada. Tu sangre ha negado tu vínculo divino, y has cargado una cruz llena de desdicha. Fue así como llegó a ti Disperazione, la desesperación. Ella se aprovechó de tu estado para posesionar tu cuerpo y tu mente, conllevando a la aparición de Inmolare, el demonio de la autodestrucción, quien te tentó a la decisión que tomaste, la de suicidarte.-
-¿Cómo sabes tú todo esto? Dime de una vez quién eres.-
-Soy un enviado de Dios y tú eres un Ángel.- Dije con solemnidad.
-¿Un… ángel? ¿Cómo es eso posible?-
-Eres un ser de luz, fuiste creada para la salvación de la humanidad. Estás bendita.-
-¿Por qué yo?-
Esas palabras me repercutieron hasta lo más profundo del alma. Me pude ver nuevamente, rodeado de aquellas llamas que se elevaban cual si fuesen cortinas desde el infinito. Pude escuchar mi voz nuevamente, haciendo la misma interrogante tiempo atrás. Tenía miedo, el pánico, la desesperación ya habían alcanzado todos los límites dentro de mí. Todo lo que quería era que acabara. Sin importar el modo. Diría que fue eso lo que me trajo a donde estoy.
-Tu corazón es puro. Tú has nacido para extenderlo, salvar a las personas de la perdición en la que se hunde. Purificar, dirigir, salvar, redimir, sanar. Eres tú. Tú lo sabes, debes sentirlo. No obstante, has pecado. Te has dejado seducir por los demonios, y has cometido el crimen máximo, el crimen que te encadena inmediatamente al infierno. Tu decisión será. Pagarás por lo que has hecho, o asumirás tu rol.-
-¿Qué eres tú?-
La pregunta que me trae a la realidad el pensamiento vivo que aguardaba en mi interior. La eterna interrogante. Qué soy. Cómo definirme. ¿Soy un traidor? ¿Un condenado que paga su deuda? ¿Un muerto viviente?
Calmadamente empecé a abrirme el abrigo, quedando al descubierto mi pecho. Pude notar su cara de espanto al ver mi extrema delgadez, la figura de un verdadero esqueleto envuelto en piel. Abrí mis alas.
-¿Tú eres como yo?- Me preguntó con asombro.
-No.- Dije. -Somos similares, pero no somos lo mismo.-
-¿Tú tomaste el camino que Él quería para ti?-
-De cierta forma… pero ya concluyó.-
-¿Qué dices? ¿Qué quieres decir con eso?-
Pude ver tristeza en sus ojos. Tenía unos ojos verdes, brillantes como una esmeralda, puros, transparentes, que llenaban de paz.
-¿Cuál es tu decisión?- Le dije, haciendo caso omiso de su pregunta.
-¿Por qué he tenido que pasar por todo esto, si tengo importancia?-
-Has sido probada. Has sido llamada a demostrar tus dones en la vida.-
-Y fallé. Preferí suicidarme, me dejé llevar por lo que aquellos demonios me ofrecían. Paz, descanso, la emancipación de toda la agonía que sentía. La desesperación, las noches sin dormir, sollozando en silencio. Las sonrisas falsas. Las apariencias. Las caras de mi gente, apuntándome con el dedo. Negándome la vida por haber cometido el gran delito de invocar a Dios en el acto más puro del humano. Amar.-
-¿Comprendes tu error?-
-Sí, y me avergüenza. Negué a Dios por mí misma. Preferí abandonar su creación y sumergirme en el averno a cambio de la detención de mi suplicio.-
-El Hijo cargó con el suplicio humano más que cualquiera, siendo Él quien contaba con la sangre divina del Cielo. Estando Dios mismo encarnado entre nosotros, debió cargar con el dolor más grande que se pueda imaginar.-
-Haré lo que me dicen. Asumiré lo que debo hacer.-
Dicho esto, descendió al piso. Haces de luz iluminaron el cielo, el aire, la casa, el cuarto. Todo. Plumas resplandecientes salieron de sus alas y volaron, brindándole descanso a todos los espíritus errantes que alcanzaban la proximidad. Pude oír a los serafines cantando desde lo alto. Recibió ella su bendición. Asumió su papel, a partir de ahora era un Ángel, un mensajero celestial, y su voz comandaría legiones y tropas ante la lucha, porque su rol sería el de batallar, la espiritualidad es una lucha, una lucha en la que se entrega el todo a la fe en el Creador y se combate por él. No es una guerra entre humanos, sino la eterna pugna entre el bien y el mal. Es ser un agente de ello, del bienestar humano. Ella lo haría.
Sonrió. Me sonrió y mis ojos se llenaron de lágrimas. Caí al suelo y no pude evitar llorar. Era la primera vez que volvía a la humanidad, que dejaba de ser lo que era. Estaba triste. No podría volver a ver esa sonrisa nuevamente, esa sonrisa que me llenó de paz el alma, que me quitó el miedo a lo que venía, que me brindó lo que realmente nada pudo brindarme, lo que busqué a lo largo de lo que solí llamar vida. Al verme arrodillado junto a mi cuerpo, sollozando, comprendió lo que sucedería.
-¿Se acabó, verdad?- Me dijo con ternura.
-Gracias.- Fue todo lo que pude decirle.
-¿No hay forma de hacer algo?-
-Ya no la hay. Terminé mi alma. El vínculo entre ella y este mundo se fue. Debo marcharme ya.-
Se aproximó a mí, se arrodilló a mi lado y me abrazó. Pude sentir sus lágrimas cálidas caer sobre mi hombro desnudo, y supe que ya no había más que hacer. Me iba, pero me iría feliz.
-Conmovedor.- Dijo una satírica voz de mujer.
Ambos nos sobresaltamos y levantamos la mirada. Estaba ella allí.
-Lilith…- Mascullé con asombro.
-¿Listo para irnos, hijo?- Incurrió la reina demoníaca.
-No… no puede ser… no tú… no… ¡No!- Exclamé.
-¿Quién eres?- Dijo la muchacha, con un tono amenazante.
-No es asunto tuyo, mocosa. Vengo por el sujeto este. Tiene un lugar reservado junto a nosotros.-
Yo solo yací en el piso, preso del pánico.
-Eres un demonio…- dijo la chica, abriendo sus alas.
-Vaya, un Ángel. Lindo, muy lindo. ¿Pretendes impresionar a alguien con esas alas tan blancas y brillantes? No, querida. A mí no.-
Dicho esto, Lilith dejó a la vista dos grandes alas negras, que contrastaban con el blanco de su piel desnuda. Ambas emprendieron el vuelo, y desde mi lecho pude sentir como se llevaba a cabo una batalla en los cielos. Ella estaba combatiendo. Cerré los ojos. Cientos de potestades comenzaron aparecer de todos lados, y empezaron a roerme. No grité. No podía. Patético. Mi alma devorada.
Cayó entonces del Cielo una cruz de plata y se posicionó en mi corazón. Recibí la indulgencia. Dios se apiadó. Dios pudo perdonar mi error. Sonreí una vez más y mi alma empezó a elevarse. No necesitaba mis alas, la luz me llevaba ahora. Pude ver a medida que ascendía todas las potestades muertas deshaciéndose como humo. Pude ver a la muchacha victoriosa, y a Lilith cayendo de regreso a los infiernos, iracunda y fracasada. La chica me sonrió a modo de despedida. Mi gratitud hacia ella sería eterna. El fin llegaba. Me entristecía no despedirme formalmente, pero mi amor vivirá entre las alturas del Reino Prometido.
Dios me recibió en sus brazos y mi alma alcanzó la perfección. Fui uno con la humanidad, la naturaleza, los animales, la tierra, los cielos, las aguas, los océanos, los hielos, las nubes, las estrellas, el día, la noche, el espacio, los planetas, los soles, las estrellas, las constelaciones, las galaxias, las lunas, los asteroides, los astros, los mundos, la vida, la muerte.
Mi cuerpo se desvanecería con el viento. Era inútil su existencia ya.

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