jueves, 25 de septiembre de 2008

// El regreso.

Cuando pude notarlo, ya estaba allí.

No tenía ni la más mínima idea de mi ubicación. Era un lugar ruidoso, rodeado de edificios grises con luces de neón, que brillaban lastimeramente comparándose con la luz de la luna. Veía pasar a la gente a mi alrededor, en todas direcciones, con las miradas perdidas y el ceño fruncido. El ruido me aturdía. Murmullos, bocinas, sonidos de motores activos, músicas mezcladas, gritos, risas, todo aquello revuelto en el ambiente y torturando mi cerebro inconsciente de la realidad inmediata.

Miré hacia el suelo y vi mis zapatos, tan negros como dos escarabajos expectantes a mi reacción. Mis pantalones eran del mismo color, contrastando con la blancura de mi camisa. Erguí la mirada y una vez más estaba allí el espectáculo de antes, estruendoso e indiferente. Sincronicé mi mente con mis sentidos y me adentré en el umbral del entendimiento. Moví una pierna, y luego la otra. Me desplacé. Di un primer paso, ahora el segundo sería más sencillo. Así fue, sin notarlo ya estaba caminando, sin un rumbo fijo, sin darle importancia a lo que me acompañaba aquella noche de otoño. No sabía qué pensar, porque mis pensamientos estaban lejanos a mí. No sentía nada, como si mis sentimientos se hubieran perdido en algún lugar. Estaba perplejo, como en blanco, caminando por inercia a lo largo de una vía peatonal repleta de gente malhumorada, en una noche extraña, una noche diferente, una noche.

No podía oír mis pasos. El camino era como eterno. El ruido parecía no cesar jamás. Nada normal ni nada extraño. ¿Algo? Nada. Todo igual. Todo.

Llegué al final de la calle, en una amplia avenida en la que el ruido era más fuerte que nunca. Cientos y cientos de vehículos pasaban frente a mis ojos cada minuto, y mis pies sentían el vibrar del suelo. Qué caótico lugar. Miré hacia todos lados en busca de algo que me pudiera guiar hacia algo más. De pronto, algo llamó mi atención. Columnas de luz roja unían el cielo y la tierra, a lo lejos, como pilares de un techo estrellado y maravilloso. Pude apreciar que las columnas se veían a lo lejos, intermitentes, efímeras. Seguía sin comprender.

-No lo entiendes, ¿verdad?-

-No, no entiendo.- Contesté.

Volví la vista y estaba yo. Increíblemente, yo estaba parado frente a mí. Vestía ropa formal, como la de los hombres que caminaban en todas direcciones, solo que ésta era negra, toda negra. Sólo algo era diferente: abundantes manchas de sangre decoraban mi atuendo. En mi mano derecha llevaba un sable, ensangrentado también. Tampoco entendí aquello.

-Finalmente me encuentro.- me dije.- Me había buscado por todos lados. ¿Dónde me había metido?-

-No lo sé.- Me contesté.

-Bueno, tengo razón… no lo sé. Pero ya me lo explicaré, no me preocupo. Vendré conmigo, no es seguro que ande por ahí solo, deambulando como si nada hubiese ocurrido.-

-¿Ocurrió algo?- Me interrogué.

-Pues sí que ocurrió.- Me respondí.- Ocurrió y es necesario saber si lo que hice estuvo bien, por eso estoy aquí. ¿Veo esas columnas? Son los que vienen. Yo llegué en una de esas.-

-¿De dónde llegué?-

-¿No lo recuerdo, verdad? Bien, no importa… Yo sí lo recuerdo. Ya me refrescaré la memoria, si es que la tengo.-

Me hice un gesto y comencé a caminar. Instintivamente comencé a seguirme, a través de las calles lúgubres de aquella noche. Miraba hacia todos lados, como si fuera memorizando cada sitio que se cruzaba pos mis inquisidores y curiosos ojos. Durante un largo período, me mantuve en silencio.

-¿No se donde estoy?-

-No, no lo se.-

-Me lo temía, será más difícil de lo que pensé enseñarme, pero nada es imposible a estas alturas, espero.-

-¿Enseñarme qué?-

-Enseñarme cómo funciona esto. Ya lo veré.-

Continué caminando, guiándome por caminos desconocidos pero con cierto aire nostálgico: daba la idea de que esos caminos me esperaban, que habían aguardado por un largo tiempo hasta el día en que los recorriera. El resplandor lunar iluminaba nuestra lóbrega travesía, acompañada por el brillo de las columnas que de vez en cuando surgían a lo lejos, como relámpagos sorpresivos. A medida que avanzábamos, el estruendo iba muriendo y el silencio tomaba su trono. Mi mente descansaba de tal bulla, de ese insoportable escándalo que la llenaba cual si fuera un nocivo gas venenoso y explosivo.

El silencio parecía hablarme a través que su presencia se iba concretando más y más. Parecía darme la bienvenida, parecía querer verme conforme con su actuar, con su benevolencia sepulcral y divina. El silencio. El silencio.

Finalmente me detuve una vez más. Me detuve detrás de mí, esperando que algo aconteciera, y así fue. El silencio fue derrotado, tan frágil como un cristal del grosor del aire, fue brutalmente vencido por mi voz. Me hablé finalmente:

-Debo darme prisa o ellos vendrán por mí.-

-¿Ellos?-

-Así es, ellos. Los mensajeros. Voy, rápido.-

Reemprendí mi marcha a paso raudo. El silencio volvía, pero ahora era distinto: ya no traía consigo paz, sino que lo contrario, parecía ayudar a mis misteriosos persecutores a esconderse, para poder así caer sobre mí en un instante aleatorio. Yo lucía nervioso, miraba a todos lados, y me detenía a escuchar aquel silencio cada cierto tempo, apoyado en la espada ensangrentada y con los ojos cerrados. De pronto me sobresalté, me erguí violentamente y me tomé de la mano. Comencé a correr, arrastrándome al comienzo. No entendía qué sucedía, pero lo que fuese parecía no ser bueno. Mi caminata por la oscuridad silenciosa y templaria se convirtió en una carrera frenética, una fuga impensada. Las calles me observaban cabizbajas, parecían presentir que algo acontecería. Entré por un estrecho callejón y solté mi mano, cayendo de rodillas en el piso, jadeando, apoyándome en el sable.

-Si me atrapan, quiero seguir mi instinto, ¿entiendo?– Me dije.

-Eso creo.- Me respondí.

-Pero aún así, evitaré que me alcancen. Ya me queda poco camino por recorrer, así que será mejor hacerlo de prisa y asegurarme de terminar esto del modo adecuado. Adelante.-

Comencé a caminar nuevamente, aunque a un ritmo más acelerado que el inicial. Yo sólo me seguía, sin cuestionar nada. Sólo recorría aquellos pasajes en compañía mía y del silencio, contemplando los edificios que se presentaban a mis ojos como buscando aprobación, como demostrándome su existencia y asegurándome su lealtad. No comprendía aquello tampoco. Columnas aparecían de vez en cuando, pero ninguna cerca de mí. Todas a lo lejos, como si pretendieran intrigarme con su llamativo fulgor y aquel misterioso significado que se guardaban tan discretas como el silencio que iba conmigo esa noche.

Me miré un minuto: parecía cansado, como luchando contra el agotamiento a fin de cumplir con algo premeditado y obligatorio, paradigmático y real. Qué extraño era el verme así sin poder hacer nada por ayudarme. No comprendía tampoco el porqué de aquello. Me detuve un momento, al parecer, para descansar un poco. Continué en mutis. Prefería sólo observar los hechos, esos fenómenos que surgían ante mis ojos.

Al cabo de un rato me volví a poner de pie, sin decirme una palabra y proseguí. El camino parecía ser infinito a simple vista, pero el prejuicio me engañó al parecer.

-¿Recuerdo algo?- Me pregunté.

-Nada.- Me respondí.

-Ya veo. Pues bien, ni hablar. Es tiempo de que vea lo que mi memoria me oculta.-

Me dirigí directamente hacia un edificio al final de la calle, con paso decidido, ya no arrastrando ni los pies ni la espada. La empuñaba con fuerza, casi con rabia, como queriendo torturar al mango ensangrentado del que nacía su filo. Me seguí, como había sido durante todo el trayecto. Llegué a la puerta y la abrí, dándome la impresión de que aquella puerta me esperaba también para ser abierta. Crucé el umbral después de mí, enfrentándome a unas escaleras negras como el carbón y brillantes como una perla. Subí, en silencio, sin siquiera cuestionar. Subí tres pisos, y me enfrenté a dos puertas opuestas. Abrí la de la izquierda e ingresé, seguido por mí.

Estaba en una casa que lucía inmaculada, como una cuna de la perfección, como un santuario a lo absoluto e indiscutible. Caminé derecho hacia el fondo, ignorando todos los objetos a mi alrededor, mas el silencio se quedó afuera, puesto que el sonar de las tablas del piso, apoyado por un leve chapoteo, lo espantó.

Me dirigí a una habitación muy acogedora, como la de un niño. Era brillante, cómoda y tierna, llena de color y alegría. Sobre la cama reposaba un bolso como un maletín, junto a una chaqueta escolar.

-¿Reconozco algo?- Me pregunté.

-Pues no.- Me contesté, una vez más.

-No queda más remedio entonces. Mi esperanza era que fuera de otro modo.-

Salí de la pieza y me aproximé a una puerta blanca, a la izquierda. Entonces pude notar que la manilla tenía la huella de una mano ensangrentada. La abrí y entré. Lo que vi entonces fue macabro. Era un cuarto de baño blanco, sobre cuyas paredes estaban impregnadas de sangre, como si una explosión hubiese ocurrido dentro. Un enredo de cadenas ensangrentadas cruzaba el cuarto, y, desde el techo, colgaba yo. Mi cuerpo estaba allí.

Mi mirada perdida caía sobre mí. Al verla, abrí los ojos.

-Toda esta sangre…- Comencé a pronunciar.

-Es mía.- Me contesté. Es la sangre de cuando yo los asesiné, a ese cuerpo y a mí. Este sable es la prueba de aquello.-

-¿Por…por qué…?-

-Era lo justo. Resulté ser un cobarde y fue mi momento de actuar. Era la forma de demostrarle a todos y a mí que iba a actuar.-

No pude soportar más. Las imágenes entraban en mi cabeza como un torbellino iracundo. Caí al piso, untando mi rostro en mi sangre, oliéndola, degustándola. Grité, grité con todas mis fuerzas. Sentí, por primera vez; inauguré mis sensaciones. Algo enorme, gigantesco se desarrolló dentro de mi pecho, algo poderoso. Lo bauticé como ira. Me puse de pie violentamente, empuñé el sable en mi mano y atravesé mi cuello. Mi sangre se deslizaba por el filo, hasta mi mano. Abrí los ojos y me miré, mi mirada se enfrentó a la mía. Un victimario y su víctima. Mi cuerpo se prendió en llamas rojas, y se deshizo como el vapor en el aire.

Estaba solo, por primera vez, solo con mi cuerpo colgando, habiéndome asesinado, habiendo asesinado a mi guía, y habiendo recibido a la ira como inquilino en mí. Me volteé. En el reflejo de los ojos del cuerpo pude verme: vestía ropa formal, como la de los hombres que caminaban en todas direcciones, solo que ésta era negra, toda negra. Sólo algo era diferente: abundantes manchas de sangre decoraban mi atuendo. En mi mano derecha llevaba un sable, ensangrentado también. Ahora comprendía.

Reconocí las cadenas que me ataron por años, ahora atando a mi captor. Reconocí el sable que me torturó por años, ahora empuñado contra mi torturador. Pude reconocerlo todo. Entonces pude oírlos: venían por mí. Se acercaban.

Salí a la calle y lentamente pude oír un lamento aproximándose, cada vez más fuerte y sonoro, un lamento lleno de amargura y tormento, la voz de un suplicio, los gemidos del dolor.

Me arrodillé, apoyé el filo del sable en el suelo y afirmé mis manos en la empuñadura. Tomé aire, cerré mis ojos, esos inquisidores y curiosos ojos, esos intrusos embusteros. No había nada más que hacer. Arrodillado, en medio de la nada, sometido, vencido, resignado, lloré sangre, la última sangre que un espíritu deshonrado podía derramar. El silencio había huido, los lamentos se acercaban; eran los mensajeros.

En la oscuridad de mis párpados, dejé de oír. Sólo sentí el contacto. A través de ellos relucía una luz roja. Sentí mi cuerpo ligero, elevándose. No pude ver como la columna me llevaba, sólo sentí.

La luna se había teñido de escarlata. Su lágrima cayó al mar, congelándolo, convirtiendo todo ese mundo siniestro en un paraíso. Mi maléfica existencia desapareció. La dicha se reestableció. Sentí como mi cuerpo caía. El hielo se abrió para darme paso, y me sumergí en las profundidades de un océano…

De ese modo regresé.

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