miércoles, 19 de diciembre de 2007

La Ciudad //★

“Estoy vivo” fue lo primero que dijo.

La primera noche, la luna brillaba gloriosa y triunfante sobre La Ciudad. Las calles estaban desiertas, el chico estaba parado en medio del silencio, asombrado.

-¿Dónde estoy?- Preguntó en voz alta.

-Estás en La Ciudad.-

-¿Por qué me has enviado aquí?-

-¿Y por qué no?-

Una tenue luz se encendió ante el quiebre de la sepulcral mudez que envolvía el área, para luego esfumarse tras el sonido de una ventana cerrándose de golpe.

-¿A dónde debo ir?- Interrogó nuevamente el chico.

-A donde quieras, luego consideraré si me importa.-

De esa manera, el chico comenzó a caminar por las solitarias avenidas de La Ciudad. Sólo el leve ruido de sus pasos era audible en aquella noche inicial. Las blancas ropas relucían iluminadas por el resplandor lunar que gobernaba el cielo oscuro. Su joven silueta se deslizaba casi con gracia, con la mirada de ojos blancos errada y sin pensamiento en su cabeza más que la conversación que acababa de tener, la tenue luz y la ventana que interactuaron en ella y el camino que ahora recorría. No habría podido pensar en nada más.

Vagando pasó toda la noche, hasta que La Ciudad despertó.

Se vio de pie entre un mar de gente que hacía lo mismo, cual si se imitaran mutuamente. Todos mantenían una indiferente mirada perdida que tomaba rumbo hasta sus gélidos ojos vacíos, para, después de un gesto de desagrado, retornar a su monotonía previa. Debió haber visto lo mismo más de mil veces. Esta fue la segunda pregunta.

El día le desagradó. Durante la noche La Ciudad era bella, tranquila y, en cierto modo, acogedora. Al día, La Ciudad era un sitio raro, donde todos mostraban odio hacia los otros y se asemejaban de una manera desesperante. Se sentó apoyado en una pared que jamás se calentó al contacto con su cuerpo, mirando a cada persona que atravesaba su campo visual. Algunos le lanzaban unos extraños discos plateados, luego de dirigirle una ojeada de lástima. Aquellos extraños objetos le recordaron a su hogar. Tomó uno y lo guardó en su corazón. Ese fue el primer paso.

Un sujeto joven se le aproximó.

-Sígueme.- Le dijo.

Tenía los ojos amarillos y la pálida cara pintada con ciertas líneas negras en torno a ellos. El cabello largo y azabache. Resaltaba entre la demás Gente debido al colorido de su ropa. Ambos caminaron en silencio entre aquella marea de carne y huesos. Tras un rato de camino salieron de La Ciudad. Estaban frente a un amplio campo cubierto de flores y hierbas. Se sentaron en la sombra de un gran árbol solitario. Hubo silencio.

-¿Qué haces aquí?- Le preguntó el sujeto.

-Camino… Busco… Observo…- Le respondió el chico.

-¿Cuál es tu nombre?-

-¿Nombre?-

-Ya sabes, cómo te refieres a ti mismo.-

-Pues… creo que no tengo uno.-

-¿Sólo eres un “yo”?-

-Me temo que sí.-

El sujeto miró al cielo.

-Eres como yo.- Dijo luego de una pausa.- Eres diferente de la Gente.

-¿Por qué ellos son así?-

-La pregunta es por qué nosotros somos así. Somos la minoría. La única respuesta a tal interrogante es “porque queremos serlo”.-

-Los ojos de ellos…- Comenzó a pronunciar el chico.

-…Son brillantes.- Interrumpió el sujeto.- Son como los míos. Brillan, pero aún así son más opacos que los tuyos, que son blancos y vacíos. Yo solía ser uno de ellos, parte de la Gente, hasta que un día decidí nacer. Cuando te vi llegar supe lo que vendría. Por eso estamos aquí.-

-No te comprendo… ¿Por qué sus ojos son diferentes de los míos? ¿Por qué decidiste dejar de ser parte de la Gente? ¿Cómo es eso de que viste lo que vendría?-

-Es sencillo… Los ojos de nosotros brillan porque hemos vivido mucho, y tenemos mucho que reflejar en nuestras miradas. Demasiado y demasiado poco a la vez. Decidí dejar de ser parte de la Gente porque noté el defecto de su ignorancia. Ellos viven los unos como los otros y todos como todos. Nadie es una Persona. Siempre quise saber lo que era ser una Persona y la única forma de llegar a serlo es naciendo. Por eso nací, decidí romper ese claustro que es la Ciudad. Eso me hizo nacer, decidirlo…-

-¿Y qué hay de tu visión…?-

-Ah, eso iba a decir ahora… Anoche llegaste aquí, ¿no es así?, bien, yo pude verlo antes de que ocurriera, así como veo lo que vendrá…-

-¿Cómo puedes hacer eso? Yo no puedo, y dijiste que era como tú…- Dijo el chico con ansiedad.

-Los seres humanos no pueden hacerlo. Al nacer, renuncié a mi condición de humano y mis capacidades se expandieron sin límites. Sólo Dios puede ser más que yo hoy…-

-¿Dios?-

-Así es, quien lo crea y decide todo.-

-Entonces, el que me envió aquí… ¿fue él?-

-Probablemente.-

-¿Qué debo hacer ahora?-

-Ten cuidado con tus pasos, chico. Veo. Veo que la próxima vez que nos encontremos no serás yo. Ten cuidado.-

-¿Te irás?- Interrogó el chico con voz de tristeza.

-Es lo debido. Adiós.-

Dicho esto, no estuvo más.

El chico regresó a La Ciudad. Todo seguía igual que cuando la había dejado.

Recorriendo, encontró un lugar donde no había concreto, era una pequeña isla con césped y árboles. Estaba casi desierta, sólo había una anciana en una banca. El chico se sentó a su lado.

-Hola.- Le dijo.

-Hola, querido.- Le contestó ella.

-¿Quién es usted?- Le preguntó él.

-Soy una anciana. Vengo aquí cada día a descansar del vivir. He vivido mucho.-

-¿O sea que sus ojos brillan más que ningún otro par?-

-No, lindo. Mis ojos han envejecido, y ya es tarde para que brillen como los tuyos… Un momento… Tus ojos son completamente blancos…-

-Así es… Recién he empezado a vivir…-

-Te falta mucho, hijito. No puedes permanecer en La Ciudad si no vives. Aquí, quienes no son parte de la Gente terminan siendo devorados por ella.-

-Acabo de conocer a un tipo que era diferente, que había nacido…-

-¿Nacido? Qué valiente es… Desearía poder nacer ahora, pero mi cuerpo ya no puede, mi mente está cansada y mi alma desea partir…-

-¿A dónde van las almas?-

-A reunirse con Dios, hijito.-

-Ya veo. Quiero ir yo también, pero no se si tengo alma.-

-Deberías tener una. Yo hace poco he recuperado la mía, lamentablemente.-

-¿Recuperarla? ¿De dónde?-

-De las venas de La Ciudad. Cuando mueres por primera vez tu alma pasa a ser parte de la sangre de La Ciudad. Ahí es cuando pasas a ser un cuerpo como toda la demás Gente.-

-Ya veo… Ya veo…-

-Creo que tus ojos comienzan a brillar tenuemente, hijito. Estás aprendiendo. Eso es vivir. Yo he aprendido mucho, y seré feliz de haberte enseñado esto que te digo ahora.-

-Aún tengo muchas dudas.-

-Siempre las tendrás. Incluso ahora yo las tengo…-

-Pero usted no ha vivido hasta un siempre. ¿Cómo sabe que no dejará de tenerlas?-

-¿Me das un abrazo, hijito?-

-Pero… Eh… Claro.-

Dicho esto, la anciana se aproximó al chico, lo abrazó, derramó una lágrima en el blanco cabello del niño y en sus brazos, murió.

-Gracias.- Dijo el chico en voz alta, y siguió su camino.

Abandonando la plaza, el chico se dirigió hacia la avenida de donde surgió la noche anterior. El sol comenzaba a esconderse entre las frías torres de concreto de La Ciudad. Lentamente, la marea comenzó a disminuir y a regresar a sus herméticos domicilios. El chico comenzó a estar solo de nuevo. Nuevamente se sentó apoyado en una pared.

Un taconeo rompió el monótono silencio de la escena. El chico levantó la vista para encontrarse con la imagen de una gorda mujer. Llevaba un abrigo de piel y múltiples colecciones de joyas en el cuerpo. Tenía la cara manchada con diversos colores de maquillaje, y un peinado estrafalario.

-Por fin te encuentro, pequeño.- Le dijo.

-¿Por qué me buscaba?- Contestó el chico intrigado.

-Te vi hace un rato, en la otra calle. Te di una moneda, ¿lo recuerdas?-

-¿Qué es una moneda?-

-Esto.- Dijo enseñándole uno de los discos plateados que le habían arrojado rato atrás. El chico lo reconoció de inmediato.

-Ya veo, lo recuerdo…-

-Perfecto.- Comenzó de nuevo la mujer.- Muchachito, cuando vi tus ropas tan… humildes decidí traerte una poca ropa que tenía en mi domicilio, para que la usaras, toma…-

-¿Qué tienen de malo las que llevo?-

-Pues nada, hijito. Es sólo que así tendrás variedad. Pruébala, te gustará. Bueno, mira la hora, debo irme. Suerte-

Una vez pronunciadas estas palabras, la mujer abordó el vehículo en el que vino y se marchó. El chico tomó la bolsa plástica negra que acababa de recibir y la abrió. Dentro venía un terno, una camisa, una corbata, pantalones de vestir y zapatos.

A la mañana siguiente, el chico recorrió la ciudad una vez más, atento de cosas que merecieran ser aprendidas. En esto, pasó por la puerta de un edificio y vio un cartel que llamó su atención. Decía “Domicilios a 25 céntimos”.

Él había visto estas palabras antes: en su moneda. Entró. Un tipo barbón estaba sentado frente a un escritorio.

-¿Qué deseas, pequeño?-

-Tengo 25 céntimos… Quiero un domicilio.-

-Pues has venido al lugar indicado. Permíteme tus 25 céntimos y te entregaré la llave del 701.-

El chico retiró la moneda de su corazón y se la entregó al hombre. Éste, a cambio, le dio una mugrienta llave con los números 701 grabados. El chico subió a su nuevo domicilio. Estaba vacío. Lo único que había era un extraño cristal en la pared, que lo contenía a él. Se aproximó. Sus ojos grises tenían un pequeño brillo.

Pensó un instante en lo ocurrido: había gastado su única moneda. Ahora necesitaría otra para reemplazar la que acababa de ocupar. Bajó. El tipo barbón roncaba en su silla.

-Disculpe.- Dijo el chico, despertándolo.- ¿Cómo puedo conseguir otra moneda?-

-¿Quieres otro domicilio, chico?- Le preguntó el tipo.

-No, no. Es sólo que quiero otra moneda como esa que le di.-

-Entonces debes trabajar, chico.-

De esa manera, el chico decidió conseguir un empleo. Salió en busca de su propósito.

Entró a una agencia de empleos. Una mujer con cara de impaciencia atendía tras un escritorio cubierto de papeles. El chico se sentó frente a ella.

-¿Qué quieres, chico? No tengo tiempo para jugar contigo.- Le dijo malhumorada.

-Deseo trabajar.- Contestó el muchacho.

-No pareces un trabajador, chico. Si quieres trabajar debes venir vestido como un trabajador, con terno, camisa, corbata y pantalón de vestir, así como todos los que trabajan.-

-Usted déme un trabajo y yo me vestiré como usted dice. Tengo todo aquello.-

-Pues bien, ¿qué tipo de trabajo quieres tener?-

-Cualquier cosa. Deseo otra moneda como la que gasté.-

-Bien, entonces serás cocinero. Deberás prepararle el almuerzo a otros trabajadores a diario.-

-Está bien, lo haré.-

-Debes venir aquí mañana a primera hora, vestido como te lo dije, chico.-

-Está bien. Gracias.-

-Sí, sí.-

De esta forma, el chico obtuvo un empleo. Al día siguiente, el chico se puso las ropas que la mujer gorda le había dado, las cuales le quedaban muy grandes ya que eran de talla adulta, y salió. Se dirigió a la agencia de empleos del día anterior, donde la mujer impaciente le asignó su lugar de trabajo. Así, el chico comenzó a hacer almuerzos a diario, sin siquiera saber qué hacía.

Al término de su jornada laboral, la mujer le entregó una moneda de 25 céntimos, y él la depositó en su corazón nuevamente. Mientras caminaba de regreso a su domicilio, pasó frente a una peluquería. Una joven parada en la puerta le habló:

-Qué cabello más raro.- Le dijo.- Es blanco como la nieve.-

-¿Tú lo crees?- Contestó el chico.

-Pues sí. Por 25 céntimos puedo teñirlo negro, como el de los demás trabajadores.-

-¿Eso me haría lucir como un trabajador?-

-Por supuesto. Ser un trabajador implica tanto serlo como parecerlo.-

-Entonces tenga.- Dijo finalmente entregando su moneda.

Así, la joven le tinturó el cabello de color negro.

Y cada día, el chico comenzó a trabajar y a gastar su moneda en diversas cosas. Su domicilio fue cada vez llenándose más y más de cosas, todas compradas por 25 céntimos.

Un día, el chico se levantó y vio que sus ropas ya no le quedaban grandes, sino que eran a la medida. Vio que su cabello y su mirada encajaban perfectamente en el perfil de un trabajador. Y vio que aquél cristal extraño había dejado de serlo, era un espejo ahora. También había algo que había cambiado: él ya no era un chico, y ya no podía no tener un nombre, así que decidió llamarse Charles, al igual que otros trabajadores que había visto.

Mientras Charles caminaba como parte de la marea, vio algo inusual: una chica con el cabello y los ojos blancos lo miraba con curiosidad. Le dirigió un vistazo con rechazo y siguió su camino. Era el colmo que los chicos de hoy en día perdieran su vida así.

La chica derramó una lágrima y La Ciudad comenzó a sangrar. La marea empezó a desvanecerse, entre llantos y gritos de desesperación. El cielo y la tierra perdieron su diferencia. La luna y el sol se mostraron juntos. La Ciudad empezó a desmoronarse, ante una mirada de ojos amarillos.

-Te lo dije, chico. Cuando nos volviésemos a ver ya no serías yo. Serías una Gente más.-

Finalmente, el sujeto emprendió su camino hacia las nubes, dejando atrás las ruinas sangrientas de lo que alguna vez fue una selva de cemento, hoy convertida en un mar de cadáveres deshonrados, el vestigio y fin de lo que fue La Ciudad.

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